




¡DEJA ESO; ABRE EL PANTEÓN QUE ESTA AL LADO DE LA TUMBA, SÁCAME DEL ATAÚD, CÁRGAME EN TU ESPALDA!. Por absurdas que fueran las órdenes, algo había en esa voz que no era posible desobedecer.
La preciosa Kate tuvo que entrar al panteón, levantó la pesada tapa y sacó al muerto maloliente envuelto en su mortaja, con la mandíbula colgando y los ojos desencajados. El muerto no se movía. Ella se lo cargó en la espalda como si fuera un muñeco de trapo. Hubiera sido tan pesado como cualquier hombre, si no fuera porque los gusanos se habían comido ya parte de su carne.